“Los cerdos gobiernan el mundo, que les den”


“Que les den a los gobernantes”, demandó Roger Waters este jueves por la noche en Madrid, en una jornada marcada casualmente en España por el marasmo judicial y la corrupción, en la que el ex de Pink Floyd liberó a plena potencia el mensaje de resistencia encerrado en el legado de la banda británica.

Fue en el multitudinario WiZink Center, veinte minutos más tarde de la hora señalada, las 21 h, y con el aforo prácticamente completo en la primera de las dos veladas que programó en Madrid, un mes después del inicio en Barcelona del tramo europeo de esta gira, Us + Them, en la que rescata lo mejor de su producción al frente de su antiguo grupo.

Acompañado de seis músicos, Waters empleó la levedad de Breathe para ir despertando suavemente al público de su estado de apatía, antes de bañarlo en agua fría con el desasosiego de su bajo, oneroso y cada vez más gigantesco al compás de One of These Days, el tema de Meddle que ha recuperado para este tour.

Entre su salida de Pink Floyd en 1985 y dicho disco, publicado en 1971 tras la marcha del primer líder de la formación, Syd Barrett, cuando Waters empezó a asumir la batuta compositiva, se centró el repertorio, que nadó en la opulencia del rock progresivo, entre guitarrazos eléctricos y dinámicas instrumentales para la catarsis de los sentidos.

Especialmente importante resultó Dark Side of The Moon (1973), que aportó casi la mitad de las dos horas y media y aproximadamente dos decenas de cortes de un repertorio inamovible, sometido a la rigurosidad que caracteriza a su director.

Por ejemplo, Time (aquí bajo la voz de Jonathan Wilson) se articuló igual que en el álbum, seguido de The Great Gig In The Sky y los excitantes y cósmicos giros vocales de las dos coristas con peluca platino que acompañan a la banda, Jess Wolfe y Holly Laessig.

Ante un planetario infinito se ofreció en ese momento uno de los primeros destellos de una escenografía que, siendo algo menos espectacular de lo que acostumbra el ex Pink Floyd, no resulta para nada modesta, con un pantallón de más de 30 metros de ancho y 20 de alto que cubre todo el escenario.

“Resistid”

Waters, experto en arengas, asumió el mando vocal e instrumental del directo para arrancar del público un mar de brazos en alto mientras suena Welcome To The Machine contra la uniformidad social y artística.

Se sucedieron después los retazos de su último disco en solitario, Is This The Life We Really Want? (2017), presentado como “reminiscencia de su trabajo previo con Pink Floyd”, 25 años después de sus últimos temas inéditos y azuzado por la deriva populista en el mundo.

“Si fuese Dios, creo que podría haberlo hecho mejor”, canta en el cínico Déjà Vu, uno de esos nuevos temas que sonaron antes de seguir clamando desde la placidez contra otros males de esta era, como en The Last Refugee, hipnótica desde la sencillez: un foco cenital, Waters a solas ante el público e imágenes de una bailaora española que, en un quiebro de la vida, termina buscando asilo.

Imposible sustraerse después a uno de los grandes clásicos, Wish You Were Here, con su poso de blues y uno de los momentos escenográficos más bellos, ante dos manos colosales que en pantalla se descomponen poco a poco en mil pétalos antes de llegar a rozarse.

Muchos recordarían aún la última visita del británico a este recinto, en 2011, cuando recreó el grandioso espectáculo que es The Wall (1979), del que sonaron este jueves cinco temas, empezando por The Happiest Days of Our Lives y Another Brick In The Wall, tanto la parte 2 como la 3, ante doce reos encapuchados que resultaron ser niños de Madrid con un nítido mensaje bajo sus monos: “Resistid”.

Del FMI a Rajoy

A esta altura el show podría haber terminado. De hecho, Waters en persona anunció un descanso de 20 minutos durante los que a ese “resistid” se sumaron coletillas, como “al antisemitismo” o “a Mark Zuckerberg”, fundador de Facebook, empresa empañada por su papel en la victoria electoral de Donald Trump.

A la vuelta fue el turno de otro célebre hito de la carrera de Pink Floyd, Animals (1977), el de la carátula del cerdo hinchable sobrevolando la Battersea Power Station de Londres, la cual hrecreó incluso con el humo de las cuatro chimeneas con un apabullante montaje que atravesaba el WiZink Center, mientras de fondo sonaban Dogs y Pigs.

“Los cerdos gobiernan el mundo”, proclamó entonces con una cartulina. “¡Que les den!”, indicaba otra que mostró a continuación, antes de concluir, tras recordar algunas de sus citas más tristemente conocidas, que “Trump es un cerdo”.

No se detuvo ahí. En su también célebre denuncia contra la opresión y corrupción del dinero, Money, extendió la lista al G-8, la UE, el FMI y hasta al presidente español, Mariano Rajoy, entre la reprobación de los asistentes.

Hasta el final del concierto hubo tiempo aún para despachar el corte que da título a la gira y recrear otros chisporrotazos de Dark Side of The Moon, incluida la portada del triángulo y el haz de luz blanca descompuesta, tras la que Waters hrecibió con las manos en el pecho el aplauso unánime del público.

“Hay suficiente amor en esta sala como para extenderlo al resto del mundo”, proclamó, antes de sacudir con Mother y Comfortably Numb una vez más el muro de la vergüenza y cerrar otro concierto para la posteridad.




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