Vittorio Storaro y el arte del color en los recuerdos


El cineasta italiano Vittorio Storaro, durante su clase magistral en la ECAM.
Patrick Knot


El color es uno de los elementos que permanecen en la memoria de los espectadores y define, de manera general, la línea sobre la que se trabaja en una película y, en concreto, en una escena. Eso bien lo supo Stanley Kubrick en el momento en que Jack Torrance (Jack Nicholson) se encuentra con una mujer desnuda en el cuarto de baño de la habitación 237 del hotel Overlook en El resplandor (1980). También lo tuvo claro Steven Spielberg años más tarde en La lista de Schindler (1993), donde decidió incluir el abrigo rojo de una niña en mitad de su metraje bicolor sobre el horror nazi.

Con los recuerdos ha querido comenzar a explicar el cinematógrafo italiano Vittorio Storaro, quien en una conversación previa a su clase magistral en la ECAM de Madrid este miércoles ha incidido en cómo asociamos los colores a los episodios que nos marcan desde pequeños. “Todos tenemos una historia diferente y su asociación simbólica, por lo tanto, es distinta”, ha descatado el director de fotografía (que no quiere ser recordado como tal) de grandes producciones como Apocalypse Now, El último tango en París o la más cercana Wonder Wheel.

Para el cineasta, tanto sentido tiene el estudio de la luz de Isaac Newton como la forma que tiene cada uno de reconocer un color. “Todos hemos presenciado distintos acontecimientos a lo largo de nuestra vida, aunque especialmente cuando somos pequeños. Estos hechos pueden ser bonitos o dramáticos, pero desde luego nos hacen recordar un color. Por ejemplo, recordaremos un rojo por alguien que llevaba una blusa de ese color, o un verde por otro elemento en ese mismo momento”, ha explicado Storaro, quien es un creador de la imagen multitonal a pesar de haber estudiado en blanco y negro.

“Aprendí lo que sé desde el blanco y el negro. Cuando comencé mi carrera profesional, a comienzos de los 60, los técnicos del cine consideraban que con el color no se apreciaban bien las sombras y, por ello, era mejor no utilizarlo en películas dramáticas, sino relegarlo a las comedias o a los musicales”, ha rememorado el profesional que recientemente ha trabajado con Woody Allen en A rainy day in New York, de la que de momento se desconoce su fecha de estreno, si es que finalmente se lleva a la gran pantalla.

No hacerlo sería un error, el mismo que cometían los cineastas al limitar su trabajo con el color. Pero los profesionales del cine de los 70 cambiaron el rumbo de la historia del celuloide, entre ellos el catalán Néstor Almendros, perteneciente a una generación que tuvo “esa valentía o audacia de romper la dictadura de la técnica, que en realidad era pura ignorancia”, ha puntualizado el italiano.

Y, ¿cómo crear desde la nada? Storaro ha revelado que quedó fascinado con la pintura primitiva que aprendió en Yugoslavia durante un rodaje de un pequeño filme previo a El inconformista de Bernardo Bertolucci. “Aquello era una maravilla, ¡pintando sobre vidrio! Al contrario que la tela o la madera de un lienzo, el vidrio no absorbe el color y para continuar pintando una nueva capa necesitas que la anterior se seque. Eso permite colores muy vivos, muy saturados. Todo me parecía muy naíf… hasta yo lo era, ¡que no tenía ni idea de lo que estaba presenciando!”, ha comentado rememorando sus primeros pasos aprendiendo en su profesión, algo que continúa haciendo, a pesar de que el próximo mes de junio cumplirá 78 años.

Curiosidad y ciencia

Además de saber controlar las tonalidades y la intensidad del color, Vittorio Storaro es especialista en entender el tiempo que necesita el propio tiempo, así como el dejarse llevar por las sensaciones que provoca cada color en una determinada toma. “Cuando trabajé en El último tango en París empecé a utilizar colores de manera completamente diferente a las veces anteriores y, de repente, recurrí al naranja. No sabía cual era su significado pero sabía que ese color me decía algo. Era el color de Marlon Brando, el mismo que el de la caída del sol y el atardecer”.

Ese sexto sentido le llevó a desechar algunas propuestas “como El Gran Gatsby o Jesucristo Superstar” tras el caótico rodaje de Apocalypse Now junto a Francis Ford Coppola, que supuso su primer trabajo en cine americano y la vuelta a los ancestros del ser humano. “No acepté trabajar con Coppola hasta que entendí el verdadero significado de la película: no trata sobre la guerra, sino de la cultura de las civilizaciones“, ha destacado el cineasta, quien ha reconocido que en la lectura de En el corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, se dio cuenta de que esa superposición de culturas “crea cierta violencia, un principio icónico extraordinario que tenía algo que ver conmigo”.

Y el rechazo a nuevos trabajos le permitió encerrarse para estudiar, ver películas y leer artículos de ciencia para encontrar un camino teórico del camino del color. Entre estas lecturas obligadas se encontraba Platón y el mito de la caverna, que le hizo reconocer que “la belleza auténtica es que nosotros, interpretando lo que vemos, podamos reconocer una forma artística”.

El ritmo en el flamenco

Después de haber colaborado en grandes producciones como las anteriormente nombradas, así como en El cielo protector, El último emperador, Novecento, Rojos o Corazonada, no parece fácil sosprender a Storaro… pero Carlos Saura  lo consiguió. Tras un primer encuentro en Tokio, los cineastas colaboraron en varias ocasiones, comienzando con Flamenco. “Utilizaba la composición de luz, color y cámara desde un punto de vista muy específico”, ha confesado el cinematógrafo, quien ha reconocido que lo que le fascinó del director español fue el ritmo.

En una clara relación del flamenco con la simbología del hombre, la mujer, el sol y la luna perpetrados en el tiempo, Storaro ha definido ese proceso con Saura como “una revolución mental” por el uso de paneles de colores y la narración cromática no específica en sus películas.

Esa misma estructura mental en forma de rueda (y casi recordando al elemento que da título a la última película estrenada por Woody Allen con Kate Winslet como protagonista, Storaro ha querido concluir su clase magistral haciendo uso de otro de los grandes de la ciencia, Albert Einstein.

“No hay cretinos, sino genios. Si haces algo que te apela, que te llama, finalmente consigues tus sueños, tus objetivos”. Cualquiera no sigue sus palabras teniendo frente a él al genio de la ilimitada capacidad lumínica en el cine.



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