Claves para entender las elecciones de Estados Unidos


Si Estados Unidos tuviera el mismo sistema electoral de Francia o de Panamá, debido al consenso de las encuestas de opinión, se podría decir que Joe Biden será probablemente el próximo presidente de ese país.

Como Estados Unidos no tiene una sola contienda electoral, sino más de 50 (una por cada estado y territorio), el resultado de las elecciones es más difícil de pronosticar en estos tiempos.

Las encuestas se equivocaron con Obama y con Trump, y siempre es posible que se vuelvan a equivocar, ya que la gente cambia de opinión, le miente a las encuestadoras, o incluso el diseño de la muestra tiene grandes defectos.

Por una parte, las grandes casas hacen encuestas nacionales que sirven de referencia, pero son las pequeñas empresas las que realizan las encuestas estatales, con mucho margen de error. Además, el muestreo se hace con personas con trayectoria de haber votado, o que manifiestan su intención de votar.

En el caso de Obama, esto excluía una importante parte de la población negra, a los migrantes nacionalizados, y a los jóvenes. En el caso de Trump, este muestreo no tomaba en cuenta que una parte significativa de los varones blancos, sin educación universitaria, se adicionarían a la ciudadanía votante.

Trump además tuvo la ventaja que pequeños candidatos de terceras fuerzas también le restaron votos al partido demócrata. Eso también sucedió en el año 2000, con el entonces candidato demócrata Al Gore. En esta elección ese factor no existe lo que puede beneficiar a Biden, porque tiene una vicepresidenta mujer que se identifica con dos importantes minorías: la comunidad afroestadounidense y la comunidad migrante.

Hasta el año 2004, la publicidad en televisión marcaba en gran parte el destino de las candidaturas. Casi siempre el candidato que más gastaba en un mercado televisivo, ganaba las elecciones en ese mercado.

Obama rompió las reglas usando ampliamente el poder de la internet, y el boca a boca de los jóvenes entusiastas que lo apoyaban. Por otra parte, Trump ya era una marca conocida y en cada presentación, debate o entrevista, se robaba el evento por su estilo, su espectáculo, y su falta de gentileza política.

En el 2016 Trump ganó el colegio electoral, a pesar de que Hillary Clinton recibió 3 millones de votos más. En estados muy importantes, los demócratas perdieron por la presencia de candidatos del partido verde y fuerzas independientes, a la vez que el porcentaje de participación de los jóvenes y las minorías bajó en comparación con las elecciones anteriores. El año 2016 fue una revuelta contra las élites políticas, a costa de un Estados Unidos que se ocasionó una gran herida.

En el 2020, los republicanos están apostando a la intimidación de los votantes negros usando un lenguaje codificado que respalda la supremacía blanca. Además, los esfuerzos de supresión de votos en estados como Texas y Florida son impresionantes. Si lo anterior no funciona, cuentan con un as en la manga para dirimir una elección reñida: una “ultraconservadora” nueva magistrada de la Corte Suprema de Justicia.

El 2020 es la última oportunidad para la recuperación del centrismo ideológico en Estados Unidos. Si Biden pierde, los sectores más extremos de su partido optarán por candidaturas más radicales para el 2024, y más allá.

Una victoria de Trump le mandaría un mensaje de estímulo al populismo antiglobalista, xenófobo y racista que acompaña a esa marca.

Además, en las condiciones económicas y políticas en que vive el mundo, otros 4 años de ausencia de Estados Unidos de la institucionalidad internacional, bien pueden dar al traste con el sistema de organismos multilaterales creados hace 75 años. Un mundo sin las Naciones Unidas, sin la FAO, o desprovisto de iniciativas solidarias como el Programa Mundial de Alimentos (que ganó el Premio Nobel de la Paz este año), es una invitación a un nuevo desorden internacional, como el ocurrido hace un siglo, después de la Primera Guerra Mundial.

Las grandes potencias están a punto de iniciar una costosísima carrera armamentista en el espacio. En cambio, los costos humanos de las tragedias ambientales, políticas y económicas siguen elevándose ante un multilateralismo enfermo.

Es muy difícil saber si el votante estadounidense promedio tiene claro la huella internacional de sus decisiones. Formalmente la elección presidencial es el próximo 3 de noviembre, pero casi 10 millones de estadounidenses han votado anticipadamente.

No creo que la gente que estuvo en fila 11 horas para votar, lo hizo por Trump. Si ese indicio en verdad marca una tendencia, Biden y el partido demócrata deben ganar bien. Entonces el problema ya no será ganar, si no cumplir con las expectativas de reconstruir la convivencia de un país que nació dividido.



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