Economía para vivir y el vivir para la economía: algunas reflexiones


En los últimos meses, desde el inicio de este impredecible 2020, ha asistido el ser humano a la revelación de la manera más brutal y generalizada posible de aquello que solía leer en algunos libros y observar en películas y videos en YouTube: la existencia, en sus propias carnes del denominado «problema económico». Lo cual no es otra cosa más que el tratar de satisfacer sus ilimitadas necesidades ante existencias limitadas que de alguna u otra forma deben distribuirse entre todos los interesados.

El capitalismo y el liberalismo económico proponen la libre competencia y el sistema de precios para esta repartición, siendo sin duda lo más apropiado, verificado en por la evidencia empírica de la propia historia humana. El socialismo y el comunismo plantean que de esta titánica tarea deben encargarse una o varias autoridades centrales establecidas según criterios subjetivos y arbitrarios: Mentes iluminadas, cuasi divinas, que serán capaces de manejar a la perfección cientos de miles (sino millones) de variables con las cuales los humanos definimos que deseamos y que no, y así proporcionar a cada quien lo que ocupe según sus necesidades reales en una total armonía y sin dejar por fuera a nadie…

Podría seguir desmontando la locura de la planeación centralizada, pero esto ya se hecho muchas veces y de manera brillante por hombres como Mises y Hayek. Lo que me viene a ocupar ahora, es que, este problema de satisfacción e insatisfacción en que vive el hombre, se ha visto acentuado en la actualidad por una pandemia que está causando la disrupción de la normalidad que nos encontrábamos. Se han perdido muchas vidas humanas en casi todos los países del mundo. Y si, evidentemente la muerte es la más irreparable de las pérdidas. Nadie discute esto. El mundo aboga por resguardarse ante el peligro como instinto primario de supervivencia. Lo cual es totalmente entendible y aceptable. Reacciones de distinto tipo se han dado. Algunos países han impuesto disposiciones casi extremas restringiendo incluso libertades individuales, toques de queda, horarios para ir a hacer compras, cierre total de negocios, (El Salvador, Perú, Argentina) mientras otros países han sido muy laxos y no han querido someter a su población a estos extremos, tomando solamente las medidas básicas necesarias para evitar los contagios, (Suecia, Japón, Corea del Sur, Taiwán), en otros se ha tomado un rumbo intermedio, sin un cierre completo pero si con medidas restrictivas (Costa Rica, México, Chile), el caso es que el debate acerca de que tan necesarias son o no las restricciones a la libertad a causa de la contingencia, es algo que se está dando en todo el mundo. Y así, es posible escuchar por parte de gobernantes y gobernados, opiniones como la expresada por el presidente argentino Alberto Fernández:

«Prefiero una fábrica vacía porque sus empleados están en cuarentena y no porque están enfermos o muertos».

En otras palabras, algunos opinan que debemos escoger entre la economía o la salvaguarda de vidas humanas. Mucha gente, tiende a pensar que la economía es algo muy distinto del concepto o la idea de estar vivo. Muchos ven a la economía como una cosa casi metafísica e intangible que está ahí solamente para hacer más rico al que ya es rico. Piensan muchos que cuidar la economía es cuidar el bolsillo de los privilegiados. Esto es falso y muy alejado de la realidad. La vida sobre la Tierra misma depende de una economía sana. Esto comienza desde esos pequeños intercambios individuales, como cuando no se tiene azúcar y el vecino nos proporciona un poco para el café. ¿Por qué trabaja el hombre en primera instancia? Pues, entre muchas otras razones, porque es necesario para vivir. ¿Qué vamos a comer si el agricultor no madruga para atender sus terrenos a causa del confinamiento desmedido al que lo somete el gobierno de turno? Luego, ese agricultor buscará vender sus cosechas y con ese dinero atender sus necesidades y las de su familia, al mismo tiempo que ofrece alimento a su prójimo; esa es la esencia de la economía, buscamos los mejores medios para satisfacernos y subsistir, y eso ningún gobierno ni ningún gobernante podrá hacerlo por nosotros. Al menos no tan bien como muchos creen.

Una actividad económica nula, es incompatible con la existencia. Puede ser comprensible que al primer momento de una contingencia como la actual, se deba cerrar temporalmente los comercios, las fábricas y los centros de trabajo, pero ha llegado el momento de preguntarnos: ¿será acaso que el remedio puede llegar a ser peor que la enfermedad?, ¿llegará a morir más gente a causa de no poder satisfacer sus necesidades, que por el propio virus?, ¿es más letal el hambre y las distintas carencias que el COVID-19?

No podemos dejar de lado que cada país tiene realidades muy distintas. Talvez en Suecia confían plenamente en su excelente sistema de salud, y probablemente en El Salvador se vive todo lo contrario. El punto es que sea cual sea el país, tarde o temprano se debe empezar a buscar el reinicio. Entre más tarde un país en reabrirse peor será el efecto sobre su economía. Son irracionales y contraproducentes los anuncios y las propuestas de mantener el cierre de negocios y de la productividad si esto a la larga va matar a la gente de hambre. El liberalismo por su naturaleza tiende a desconfiar de los gobiernos, ya que estos históricamente han buscado la omnipresencia en la vida del ser humano. Nosotros los liberales creemos que la gente es capaz de cuidarse a sí misma y que tenemos la sabiduría para no exponernos al peligro.

No pretendo abogar por la apertura inmediata de las actividades comerciales, ni pido que se vuelva a la plena «normalidad» aun, ni que se ignore a aquellos con situaciones específicas o especiales que requieren cuidado. Lo que abogo es por retornar al trabajo, tomando las medidas necesarias y siendo conscientes de la situación. Además de confiar en la gente, en su capacidad para entender las consecuencias de sus actos. No debe ningún país caer en la trampa de cerrarse más allá de lo necesario. Es preciso recordar que la libertad nos permite realizar las actividades que nos darán el sustento, o sino entonces, ¿Por qué se han producido grandes hambrunas bajo regímenes totalitarios como en la China de Mao? Pues, porque la gente estaba haciendo aquello que el tirano les decía que debían hacer, en lugar de hacer lo que necesitaban hacer.

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