El ascenso de los sociócratas


En los 80-90, los tecnócratas llegaron pateando puertas. Auspiciados por la algarabía del fin de la Historia, las acreditaciones académicas yupis y el consenso de Washington, se posicionaron en diversos sectores, no digamos de manera unánime, pero sí, al menos, contundentemente.

Reformularon las nociones tradicionales de banca, administración pública, construcción de obra, política… Y así como sucede con ciertos estudiantes de primer ingreso que luego de un par de cursos de filosofía decretan la ignorancia de los abuelos, los tecnócratas irrumpieron con indiscutible vocación iconoclasta.

La fórmula: la cultura sobacal del MBA y el máster en Administración de Proyectos, la terminología en inglés y la irredenta devoción por la informática y el mercado.

Eran, predominantemente, babyboomers. Gentes nacidas después del primer gobierno de don Pepe y, por consiguiente, las primeras en crecer en un país sin ejército. Gentes para quienes una computadora  se convirtió en la promesa cumplida de las historietas futuristas de su infancia. Gentes estropeadas por la socialdemocracia, que se la pasaron reclamando a padres, hijos y Estado por un biberón eternamente demorado. Gentes que vieron la luz del mundo mientras, en casi todas partes, ingenieros y trabajadores  graves como la geometría meditaban los puentes y caminos del país.

Su mayor aporte fue convertir la tecnología en ideología. O dicho en clave Marx for dummies: reducir la superestructura a interfaz y la estructura a algoritmo.

Los sociócratas, también, llegaron pateando puertas. Impulsados por el resentimiento de las ciencias blandas y la dudosa erudición de fotocopiadora, trataron de replantear la complejidad del mundo desde el galimatías teórico y la regla de tres.

Si los tecnócratas apelaron a la eficiencia, los sociócratas apelaron a la diferencia.

Hablamos, pues, de gente aficionada a las matrices complejas, multicausales e inclusivas. Gente que propone soluciones a partir de mesas de diálogo,  transversalidad, metodologías transdisciplinarias, terapia psicológica, yoga y talleres de empoderamiento. Gente que hace del “yo soy como soy” un eslogan narcisista o una vulgarización de la teoría del genio kantiana. Gente cuyo poder emana del culto a la identidad.

Pero no hay que olvidarlo: los sociócratas son, sencillamente, tecnócratas que no saben resolver una integral.  Son un Gordon Gekko que sustituyó la codicia financiera por la ambición académica de carreras de corte bajo. Flacso en vez de Wall Street. Blazer de Zara en vez de trajes Hugo Boss. Asado en vez de barbecue.

De los dieciocho a los veintipico, los sociócratas frecuentaban los cafés y los bares de San Pedro. En vacaciones iban a Puerto Viejo o a Montezuma y poseían opiniones políticas extraídas de Semanario Universidad. Se opusieron al Combo, al TLC y, por supuesto, a Crucitas. A partir del 2002, con el PAC,  y a partir del 2006, con el Frente Amplio, unos cuantos entraron al poder por la puerta trasera: como asesores parlamentarios de oposición. Años después, se convirtieron en vicemocosos, diputados y ministros arrogantes y, sin contar siquiera con un año de trabajo duro en su vida, acabaron dirigiendo el país. Hoy casi todos anhelan convertirse en ejecutivos climáticos que salvan el planeta desde Davos o en consultores de la caridad universal tipo ONU.

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Es cierto que en la última fase del bipartidismo, los tecnócratas impulsaron, de manera casi unánime, una serie de políticas de relativa apertura comercial (el “modelo”) que, al fin de cuentas, no fueron suficientes para recomponer los lazos sociales devastados durante la crisis de Carazo y agravados por un esquema donde parte del sector empresarial y el público, lejos de ser factores de desarrollo, se convirtieron en rémoras. Nadie puede negar que el desgaste del bipartidismo tuvo determinaciones estructurales y no solo semánticas: el legado de quienes hacían (o hacen) negocios contra el Estado y quienes fingían (o fingen) trabajar en el Estado. Pero, también, es cierto que la gestión política de los sociócratas ha terminado demostrándonos que, al menos en lo que atañe a la barriga,  ni la “corrupción bipartidista” ni “el modelo” eran los problemas principales de nuestra sociedad.

Así como los tecnócratas se consolidaron en virtud de una narrativa apocalíptica contra el Estado interventor, en el ascenso de los sociócratas operó una narrativa que reducía todos los problemas a la corrupción intrínseca del bipartidismo y el neoliberalismo. Por eso los sociócratas llegaron al poder apelando a clichés resurrecionales como volver a  la Costa Rica igualitaria y recuperar el Estado Social de Derecho… Y como todo populismo, se apoyaron en el suspense, o sea, en un sistema basado en el recurso del “last second rescue“: la damisela rubia atada a la vía férrea por el villano de bigotes largos y sombrero de copa

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Está el papá de esa amiga que antes trabaja por contratos.  La mamá de un amigo que estudió ingeniería. El tío de fulanito, un administrador de empresas de cuarenta y pico. La chofer de Uber que nos hizo un ride y que, según dijo,  se graduó de psicología hace unos años. El hombre que trabajaba como albañil y que ahora escarba la basura las mañanas de lunes y viernes. El excompañero de cole, diseñador freelancer. La vecina, financiera. El casero, exgerente de una trasnacional. El exguarda del barrio que hoy vende tiempos. La prima, exoperadora de un call center.

Todos ellos son el saldo negativo de la gesta heroica de los sociócratas que se propusieron salvar a la damisela rubia atada a la vía férrea. Y al igual que para decenas de miles de otros costarricenses desempleados, la palabra futuro para ellos hoy es un compendio de daños por hacer. Es un hecho: si uno no es funcionario público, estudiante de U pública o beneficiario de una consultoría en algún ministerio, en definitiva, la recuperación del Estado Social de Derecho existe solamente como empobrecimiento.

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