En Karabaj, la pequeña ciudad de Martuni bajo las ráfagas de los cohetes


En Martuni, a unos veinte kilómetros del frente en Nagorno Karabaj, los días pasan bajo el ritmo de las salvas de artillería, en un decorado de techos destruidos y restos de obuses.

El jueves, las salvas de misiles Grad lanzados por el ejército azerbaiyano causaron grandes daños en esta pequeña ciudad cuando se encontraba allí un equipo de la AFP.

Según las autoridades locales, cuatro civiles murieron y otros once resultaron heridos. Además dos periodistas franceses, del diario Le Monde, y dos armenios, también resultaron heridos.

Tenían como objetivo tanto el edificio de la administración local como el centro de la ciudad.

Artak Aloian, albañil de 54 años, ha tomado por costumbre desde la reanudación el domingo de las hostilidades y empezó a sentirse el silbido de las bombardeos refugiarse en su pequeño y oscuro sótano, equipado con una cama donde se sienta una anciana vecina.

“Construí esta casa con mis manos. No iré a ninguna parte, es todo. Moriré aquí en el último combate”, dice con orgullo mientras el ruido de los bombardeos resuena en el centro de la ciudad.

Su familia se refugió en Armenia. Pero eso no incitó a Artak Aloïan a irse, aunque reconoce que los bombardeos se agravan día a día.

“Lo que acaba de ocurrir, un bombardeo total de este tipo, es la primera vez”, dice a la AFP.

Ya estaba ahí en 1992, en la primera guerra entre Armenia y Azerbaiyán, ocurrida en esta región montañosa del Cáucaso, que causó 30,000 muertos, y sin embargo, teme más ahora en estos nuevos combates.

“Antes disparaban, disparaban, y luego se quedaban en sus posiciones. Ahora son equipos totalmente diferentes, grandes calibres”, subraya.

Cada vez más intensos, estos combates ocurren desde el domingo en Nagorno Karabaj, región separatista reconocida como azerbayana por la comunidad internacional, pero habitada por una mayoría armenia y apoyada por el gobierno armenio.

En el centro de Martuni, los daños de los días anteriores son visibles en varias casas con techos rotos y ventanas dañadas. Algunos siguen durmiendo allí, en medio de de los vidrios quebrados.

“Es la guerra, pero los vamos a echar. Tendrán que agitar la bandera blanca para que paremos”, dice Armen, chófer de 52 años que tiene en las manos fragmentos de un cohete que cayó en el patio de la casa de su primo.

“Nos bombardean todo el día, pero no les daremos Karabaj. Moriremos pero no nos iremos”, añade.

El ruido de los combates se escucha en la ciudad, entre cantos de gallos y ladridos de perros. A unas calles de la administración local, Mavrik Grigorian, de 72 años, muestra el hueco en el techo de su casa, en medio de muebles cubiertos de polvo.

Estaba en el patio cuando cayó el obús. Los huecos formados por los impactos son visibles en la fachada blanca de su domicilio. Aunque la familia de este jubilado se fue a Armenia, él decidió permanecer como muchos otros habitantes de la ciudad, hombres o mujeres.

“Disparan contra las casas, disparan contra la gente. Es la barbarie”, dice por su parte Karun Abrahamian, de 38 años, cajera en un almacén de productos alimenticios. En las estanterías, no hay signos de penuria. Un camión descarga inclusive nuevas cajas.

Dice haber dejado el comercio abierto “para que no cunda el pánico” en la ciudad.

“No vamos a ningún lado cuando se hace de noche, con mi amiga nos quedamos en el garaje. Desde medianoche, se escucha el ruido de los bombardeos. No sabemos qué hacer”, añade.

Desde el inicio de las hostilidades el domingo, solo se comunican balances parciales, que dejan en total un saldo superior a los 130 muertos. El balance real sería mayor, pues ambos bandos afirman haber causado grandes pérdidas al adversario.

Cada bando denuncia los bombardeos del otro contra civiles.

Mientras los llamados internacionales a la tregua aumentan, sin éxito, Armenia y Azerbaiyán se acusan mutuamente de haber iniciado las hostilidades y se muestran determinados a seguir la guerra hasta el final, en medio de temores de internacionalización del conflicto.



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