La poeta Emily Dickinson y su amor por la naturaleza


La vida y la obra de Emily Dickinson (1830 -1886) son un enigma sin descifrar que todavía atrapa a las nuevas generaciones. Su figura ha sido llevada al cine y, recientemente, a la ficción televisiva. Ahora, su Herbario y antología botánica (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2020) nos acerca a la estrecha relación que la poeta mantuvo con las flores, las hojas, los pájaros y el bosque que circundaban su hogar, donde vivió recluida desde joven.

La razón del encierro es incierta. Quizá se debiera a la férrea educación calvinista recibida y al ambiente puritano de su Massachusetts natal. Ambos contrastaban con una manera de entender el mundo en el que la poesía, imprescindible para ella, era un arte reservado entonces a los hombres. Una poesía, además, que giraba en torno a sus propias emociones y pensamientos, algo también excepcional para la época. En cualquier caso, a los 30 años, abrumada por el exterior, el aislamiento fue casi absoluto y la entrega a la escritura, el estudio de los astros y la naturaleza, su resuelta manera de estar en este mundo.

Además de a la poesía, Emily Dickinson dedicaba su tiempo al estudio de la botánica. Entre 1839 y 1846 confeccionó un delicado herbario en el que recogió y clasificó más de 400 especies de flores y hojas. La naturaleza, para la poeta, actuaba por una doble vía: como una médium que le permitía entrar en contacto con sus pensamientos más profundos; y también como vínculo casi exclusivo con el mundo exterior. En su seno buscaba la verdad, se hacía preguntas sobre el universo y trataba de entender el papel de los humanos en él. 

Observar el efecto del tiempo en el mundo viviente le hizo asumir el esencial patrón cíclico de nacimiento, muerte y renacimiento. En el paso de las estaciones, del día y la noche, mejor que en los credos o en las iglesias, encontraba la evidencia más clara de la voluntad divina. Leer sus poemas es descubrir que, a pesar de la soledad -o, quizá, debido a esta-, pudo establecer un diálogo íntimo con ella misma y con la naturaleza.

Por cada uno de sus versos se filtra un halo de luz, a pesar de lo cual hay quien la considera una poeta oscura. Acaso porque la muerte está muy presente en los casi 1.800 poemas conservados, si bien la entiende como una fase inherente al ciclo de la vida e inserta en él. La profundidad de su obra, sin embargo, contrasta también con la aparente llaneza de su lenguaje, con el que experimenta y juega. A veces, cambia a voluntad el significado de las palabras y también es poco convencional el uso de la puntuación. 

Lo cierto es que la aureola enigmática, y aun hermética, con que la crítica ha envuelto la figura de Emily Dickinson, se desvanece al leer sus versos: su lenguaje es coloquial y los poemas, sin excepción, breves. Para la poeta cada palabra encerraba un misterio, una metáfora con la que atrapar lo invisible, pero las utilizaba de una manera tan concisa, que es fácil identificarse con su escritura.



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