La sorprendente poesía de José Luis Sampedro


No es nada raro que grandes escritores dejen, a su muerte, obras sin publicar. De eso suelen encargarse sus familias o los amigos. Una de las obras cumbre de la literatura del siglo XX, El proceso, vio la luz al año siguiente de la muerte de Kafka, gracias a su editor. Lo mismo pasó con La conjura de los necios, que se convirtió en un fenómeno planetario once años después de la muerte de John Kennedy Toole. Hay decenas de casos. Los herederos de Julio Cortázar publicaron, a los dos años del fallecimiento del autor de Rayuela, toda su poesía; pero andado el tiempo aparecieron aquí y allá montones de cartas, conferencias, artículos y «papeles inesperados» que dieron para 1.300 páginas más, tres tomos en total.

José Luis Sampedro, fallecido hace casi exactamente siete años a los 96 de edad, empezó a publicar literatura pasados los 40. El río que nos lleva apareció en 1961 y él había nacido en 1917. Pero era un escritor torrencial que escribió muchísimo y casi hasta el final de sus días. Nadie esperaba un hallazgo póstumo del autor de Octubre, octubre.

Pues era un error. En la mejor tradición cervantina -ya se sabe que Cervantes decía que «encontró» el Quijote en un mercado de Toledo y que su autor era un tal Cide Hamete Benengeli-, la viuda de Sampedro, Olga Lucas, encontró un día unas cajas de cartón que parecían destinadas a acabar en la basura. Las abrió. En una de ellas había otra caja más pequeña que llevaba un rótulo: «Poesía». Y allí había unos cuadernos viejísimos… y una tormenta de hojas de papel, muchas escritas con la minuciosa caligrafía del humanista, otras mecanografiadas. Allí estaba toda la poesía que José Luis Sampedro escribió en su vida y que jamás publicó. Cincuenta años de versos, que se dice pronto: desde la Guerra Civil hasta principios de los años 80 del siglo pasado.

Olga Lucas pidió ayuda para poner orden en aquel desbarajuste y la ayuda le llegó del filólogo José Manuel Lucía, catedrático de la Complutense y secretario de la Asociación de Amigos de José Luis Sampedro. Lucía se dio cuenta de que allí estaba un autorretrato no esperado, pero exactísimo, del escritor; un autorretrato que iba cambiando con el tiempo, porque los versos que Sampedro escribió durante la Guerra Civil -versos que copió y numeró con letra esmerada en los cuadernos- no se parecen en nada a los de los años 60 y ni unos ni otros parecen tener mucho que ver con los versos satíricos y burlones que sembró a lo largo de toda su vida. Es, pues, un retrato cuyo rostro –lo mismo que su interior– va modificándose con la edad. Del «niño de derechas» de los años 30 al sabio indomable y comprometido con la libertad que fue en su madurez. Eso es Días en blanco (Plaza y Janés), su poesía completa.

Cuando se publicaron los versos de Cortázar, su amigo y editor Mario Muchnik dijo de ellos que eran «conmovedoramente malos». ¿Y los de Sampedro? Está claro que él no quería publicarlos, aunque algunos los «pasó a limpio» para regalarlos. Y también es cierto que algunos son malos, como los romances graciosos que quizá escribía del tirón, por distraerse, y que suelen tener los versos mal medidos.

Pero otros son prodigiosos. Él mismo había decidido, ya en 1971, que no los publicaría: «Escribo ¿para quién? Para ninguno / Para mí ni siquiera. Lo reniego / (…) Es otro quien lo escribe, no mi mano. / Alguien que no soy yo y está escondido». Su viuda admite que Sampedro tenía razón al considerarse mucho mejor novelista que poeta. Pero Lucía, que ha hecho la edición, mantiene la gran importancia de encontrar ahora «un poeta de la Guerra Civil, al que no teníamos por tal». Y sostiene que cuando empieza a hacer versos, en 1936, se refugia en la poesía para escapar de la tragedia que está viviendo. Y luego ya no quiso o no pudo parar, como les pasa a los verdaderos poetas.

Es un retrato, autorretrato, quizá no buscado, pero desde luego completo. Sampedro mezcla poemas dedicados a su máquina de escribir, que no funciona bien, con cosas como esta: «Los que volvieron / traían solamente unas manos vacías / –curvadas todavía, asiendo el viento– / y unas alegres caras cansadas / y ojos cuya mirada nadie explicará nunca. / Nadie, ni los poetas, / porque en ella vivían las últimas palabras / de los que no volvieron».

Con la publicación de Días en blanco, ahora sí podemos decir que está entera la figura de José Luis Sampedro.



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