¿por qué unos días pasan volando y otros se hacen eternos?


Si hay algo común a todos los mortales es que el tiempo pasa para todos y a la misma velocidad. Sin embargo, también es cierto que la manera en la que cada uno percibe este paso del tiempo es totalmente distinta y depende de diversos factores. Durante el confinamiento, por ejemplo, el tiempo no habrá pasado de la misma forma para aquellos que han teletrabajado en sus hogares y se han ocupado de la educación de sus hijos que para quienes han sufrido un ERTE o un despido, para los que han padecido el coronavirus en soledad o los que han estado con el alma en vilo por un familiar enfermo. Para los primeros, probablemente, el tiempo habrá pasado volando, para los segundos, por el contrario, se habrá hecho eterno.

¿De qué depende entonces que la percepción del tiempo sea tan lenta en ocasiones y tan rápida en otras? “Hay estudios que señalan que nuestro cerebro, en cierta forma, puede tener no solo un único reloj biológico sino varios”, explica Ana Belén Calvo, directora del área de Psicología y del Master Universitario de Psicología General Sanitaria de UNIR. “Hay varias funciones que estarían implicadas como el hipotálamo o la glándula pineal, que controlan los ciclos de sueño y vigilia y la producción de hormonas y neurotransmisores que influyen en nuestra fisiología y comportamiento. Pero sí es cierto que estas estructuras, aunque sí colaboran, no son las encargadas de percibir el tiempo subjetivo”.

Para encontrar la verdadera explicación o, al menos, una explicación más certera a estas distintas percepciones temporales hay, por tanto, que ahondar un poco más allá. “En todos estos circuitos cerebrales están muy implicados los propios procesos cognitivos de cada persona”, señala la doctora Calvo. No se trata pues de un mecanismo aislado sino que cómo procesemos esa información depende de esos procesos cognitivos. Y dentro de dichos procesos podríamos distinguir entre los básicos – donde la atención y la memoria serían fundamentales- y otros superiores, como la motivación o la propia situación emocional.

Para entenderlo de una forma más sencilla, la especialista propone varios ejemplos. “Hay investigaciones que demuestran cómo el grado de atención que nosotros prestamos ‘deforma’ nuestra percepción de la duración del tiempo. Lo apreciamos mucho más lento cuando estamos aburridos o, precisamente, cuando somos conscientes y estamos prestando atención al propio paso del tiempo. A la vez, la memoria está muy implicada porque es nuestra capacidad para formar estos recuerdos de la percepción del tiempo”.

Nuestra percepción subjetiva de paso del tiempo también dependerá, en gran medida, de la motivación y la propia situación emocional en la que nos encontremos. “Cuando estamos emocionados podemos equivocarnos más fácilmente de cara a valorar el tiempo transcurrido, las emociones pueden ser unos poderosos moduladores. Por ejemplo, cuando lo estamos pasando bien en una fiesta con los amigos el tiempo pasa mucho más rápido, también cuando estamos motivados con algo – como un viaje o actividad- o cuando lo que estamos haciendo es algo novedoso. Básicamente, cuando estamos ocupados y no le estamos prestando atención al transcurso del tiempo”.

Por el contrario, cuando nos invade la ansiedad o vivimos alguna preocupación el tiempo parece estirarse como un chicle. “Cuando tenemos prisa porque estamos esperando al autobús o al metro y vemos que tarda cinco minutos, esos cinco minutos se nos hacen eternos”, señala la psicóloga. También cuando estamos disgustados vemos que el tiempo pasa más lento e, incluso, hay estudios que demuestran que en pacientes con depresión esta percepción del tiempo también pasa con mayor lentitud. En determinadas enfermedades: transtorno mental grave, depresión o incluso en personas con Alzhéimer o deterioro cognitivo hay estudios que demuestran que esa percepción del tiempo puede estar muy alterada”.

¿Pasa más rápido o más lento el tiempo según la edad?

La doctora Calvo nos confirma que sí y lo relaciona con el proceso de neurodesarrollo del cerebro, que comienza desde la propia concepción hasta la edad adulta, en torno a los 20 años. “En el caso de los niños muchas de las funciones cognitivas relacionadas con las funciones ejecutivas como la organización, la toma de decisiones o la planificación de actividades en función del reloj no están estandarizadas, por lo tanto, el paso del tiempo se produce más lentamente que en adultos. Pero también hay factores externos, las propias experiencias o vivencias influyen en la percepción del tiempo. Para los niños, por ejemplo, muchas experiencias que viven son realizadas por primera vez y cuando estamos realizando algo por primera vez prestamos mucha más atención a ese acontecimiento o hecho”.

Una niña meditando.

La especialista explica que el juicio retrospectivo del tiempo que pasa depende también de la cantidad de recuerdos que tenemos y que hemos creado en torno a un periodo determinado de nuestras vidas. “Si volvemos a nuestra infancia podemos tener recuerdos de una forma más nítida: por ejemplo, la primera vez que montamos en bicicleta mientras que si nos preguntan las veces que hemos montado en bici en el último año, no tenemos esos recuerdos ni los hemos creado de una forma tan vívida. Aparte, los niños muestran más sorpresa porque es la primera vez que experimentan muchas cosas y todo les llama mucho más la atención. Por el contrario, los adultos hemos creado muchos hábitos o automatismos, fundamentalmente, para ahorrar energía a nivel cerebral, y poder tener capacidad de atender a muchas más cosas cuando realmente no estamos prestando atención sino que estamos viviendo con el piloto automático, por así decirlo”.

Para la especialista, técnicas como el mindfulness, que tantos adeptos está ganando en los últimos años, puede ser un vehículo idóneo para aprender a ser más conscientes del ahora y aumentar nuestros recuerdos: “Su buena aceptación se basa en esa toma de conciencia del instante, en prestar atención al momento presente y salir de ese piloto automático en el que vivimos en muchos casos. Eso también ayuda a que aumenten los recuerdos que tenemos”.



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